Nancyhrs's Weblog











{octubre 3, 2011}   MANUAL de PSICOLOGIA RÚSTICA – Botiquín para las Quemaduras

Seguramente, en algún momento nos hemos encontrado en la consabida situación de “quemarnos con el horno”. Algunos opinaron que es muy típico de domingos, otros rieron y compartieron sus experiencias; todo ello me condujo muy lejos en el tiempo… a mis primeros lugares de referencia de los poderes curativos de la alquimia familiar.

La casa de mis abuelos en Ituzaingo. Lugar mágico de sol, caminar en “el bosquecito” p’ juntar hongos, siestas, árboles frutales, rosales plenos y extraños bichitos que mi abuelo ponía en frascos transparentes para ser vistos y escuchados atentamente… les llamaba Guitarreros.
Casi semanalmente íbamos con mi abuela a pasar aunque sea dos días que, luego de tomar un colectivo / viajar en el Sarmiento y caminar cuatro cuadras -a los 4 ó 5 años- significaban toda una experiencia. Mis padres se sumaban los domingos generalmente, jornada en que papá hacía gala de su momento zen en la parrilla, nadie lo interrumpía… salvo yo.

Mi padre es de esas personas que, cuando se dispone a hacer algo no hay quien le distraiga y eso p’ mi era torturante (debo reconocerlo). Dícese que uno de esos días, mientras me dedicaba al extenuante oficio de jugar, cantar, trepar árboles y juntar fauna me dirigí a la parrilla para ver qué era lo que tomaba el cien porciento de su atención. Luego de buscar durante eternos segundos no pude encontrar nada aunque algo de “magia” habría allí dentro, sin embargo, carbones crujientes parecían ser lo único…
Rápidamente tomé por encima de la mesada la pinza del carbón sin dar cuenta siquiera q’ estaba de lado equivocado.

Más allá de ese dolor característico -refractario a todo-, recuerdo ver mis manos grabadas con el dibujo de la pinza y, como era previsto por la pequeña-futura escriba, a mi padre corriendo hacia donde ya estábamos las tres generaciones de mujeres inquietas entre gritos, retos y lágrimas.
Vale decir que con esa misma pinza se grabó el registro del milagro, tome nota de la receta:
1 infante, cercano a la hiperquinesia
1 parrilla con carbones al rojo
2 ó 3 adultos distraidos
1 servilleta limpia (o parecido)
– vinagre blanco cantidad necesaria

Imaginen qué profunda fue la cosa que aprendí: “cuando aparecen nanas, no existe química como la del amor escondido en los remedios caseros”. Al instante mi padre había envuelto mis manos con la servilleta empapada en vinagre que, a pesar de mi llanto de dolor, hizo su efecto evitando la formación de ampollas. Sí, créanlo, en este tipo de quemaduras como la mencionada al principio por el horno: es ideal. Nada de agua fría ni mucho menos eso del dentífrico: vi-na-gre.

Esta vivencia tan corriente, surge con el único ánimo de recordar el valor que puede tener el cuidado, la palabra, la expresión del amor parental sobre nosotros, siempre. Desde antes del inicio del desarrollo, al abrigo de un fuerte deseo que lleve a consustanciar la nueva vida. En casi todo el universo de los mamíferos, la expresión del cuidado garantiza de alguna manera la supervivencia tanto como el alimento. Otra clase de alimento. Sin ir más lejos, la ausencia de él nos llevaría a casos extremos, patológicos, ej. el marasmo donde claramente los estragos del desamor, el abandono, la ausencia del libre devenir instintivo pueden apagar una de las creaciones más valiosas.

Créanme no está demás comunicar ese amor, y no sólo por la sonrisa en retorno, sino porque posiblemente, estén sembrando de allí y para siempre, la memoria.
Hoy les agradezco por detenerse a leer parte de la mía
Cálido abrazo!

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